La recalada fue maravillosamente exacta, dado que no se habían hecho observaciones de longitud. El viento, del nordeste, soplaba con muchas rachas al pasar el balandro junto a la isla, pero tomé los rizos con seguridad en las velas y me alejé mar adentro de las tierras altas y borrascosas de Santo Antón. Luego, dejando las islas de cabo Verde perdidas de vista en la popa, me encontré una vez más navegando en un mar solitario y en una suprema soledad a mi alrededor. Cuando dormía, soñaba que estaba solo. Este sentimiento nunca me abandonó; sino que, dormido o despierto, parecía conocer siempre la posición del balandro, y veía mi embarcación moverse sobre la carta náutica, que se convertía en un cuadro ante mí.
Una noche, mientras estaba sentado en la cabina bajo este hechizo, ¡la profunda quietud de los alrededores se vio interrumpida por voces humanas cerca!
Salté al instante a la cubierta, desconcertado hasta un punto que no puedo expresar.
Pasando muy cerca a sotavento, como una aparición, iba un velero blanco con todo el trapo desplegado. Los marineros a bordo tiraban de los cabos para bracear las vergas, que rozaron el mástil del balandro al pasar velozmente.
Nadie saludó desde la fugitiva de alas blancas, pero oí a alguien a bordo decir que había visto luces en el balandro y que lo había distinguido como un pesquero.
Me quedé mucho tiempo en la cubierta iluminada por las estrellas aquella noche, pensando en los barcos y observando las constelaciones en su travesía.
Al día siguiente, el 13 de septiembre, un gran barco de cuatro palos pasó a cierta distancia de la amura, rumbo al norte.