temprano esa mañana me despertó esa ave rara, el piquero, con su graznido áspero, que reconocí de inmediato como un llamado para subir a cubierta; equivalía a decir: «Patrón, hay tierra a la vista». Salté rápidamente de la litera y, efectivamente, allá adelante en la penumbra del crepúsculo, a unas veinte millas de distancia, estaba Santa Elena.
Mi primer impulso fue exclamar: «¡Oh, qué mota en el mar!». Tiene en realidad nueve millas de longitud y dos mil ochocientos veintitrés pies de altura. Alcancé una botella de Oporto del armario y le di un buen trago a la salud de mi timonel invisible: el piloto de la Pinta.