día de Año Nuevo de 1896. El rumbo del Spray había sido seguido en las columnas del Standard.
El señor Mulhall tuvo la amabilidad de llevarme a ver muchas mejoras en la ciudad, y fuimos en busca de algunos de los viejos hitos.
Al hombre que vendía "limonada" en la plaza cuando visité por primera vez esta maravillosa ciudad lo encontré vendiendo limonada todavía a dos centavos el vaso; había hecho fortuna con ello.
Su capital comercial consistía en una tina de lavar y una llave de agua vecina, una provisión moderada de azúcar mascabado y unos seis limones que flotaban en el agua azucarada. El agua se renovaba de vez en cuando gracias a la bomba amistosa, pero el limón "seguía para siempre", y todo a dos centavos el vaso.
Pero buscamos en vano al hombre que una vez vendía güisqui y ataúdes en Buenos Aires; la marcha de la civilización lo había aplastado, y solo la memoria se aferraba a su nombre. Hombre emprendedor como era, me habría gustado mucho visitarlo. Recuerdo las hileras de barriles de güisqui, colocados verticalmente, a un lado de la tienda, mientras que al otro lado, y divididos por un fino tabique, estaban los ataúdes en el mismo orden, de todos los tamaños y en gran número. La singular disposición parecía lógica, pues a medida que se vaciaba un barril, se podía llenar un ataúd. Además de güisqui barato y muchos otros licores, vendía «sidra», que fabricaba con pasas de Málaga dañadas. Dentro del alcance de su empresa también estaba la venta de aguas minerales, no del todo inocentes de gérmenes de enfermedad. Este hombre sin duda satisfacía todos los gustos, necesidades y condiciones de sus clientes.
Más adelante en la ciudad, sin embargo, sobrevivía el buen hombre que escribió en el costado de su tienda, donde los hombres reflexivos pudieran leer y aprender: