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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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VII. Zarpe de Buenos Aires

ahora navegando en el país y en el mismísimo corazón de los salvajes fueguinos.

Un viento favorable desde Sandy Point me llevó el primer día a la bahía de San Nicolás, donde, según me habían dicho, podía esperar encontrar salvajes; pero, al no ver señales de vida, eché ancla en ocho brazas de agua, donde permanecí toda la noche bajo una alta montaña.

Aquí tuve mi primera experiencia con las terroríficas ráfagas, llamadas williwaws, que se extendían desde este punto a través del estrecho hasta el Pacífico. Eran vendavales comprimidos que Bóreas arrojaba sobre las colinas a pedazos.

Un williwaw en toda regla tumbará a un barco, incluso sin velas desplegadas, hasta ponerlo con los palos en el agua; pero, como otros vendavales, cesan de vez en cuando, aunque solo sea por poco tiempo.

El 20 de febrero era mi cumpleaños, y me encontré solo, sin apenas ver ni un pájaro a la vista, frente al cabo Froward, el punto más austral del continente americano. A la luz del día, por la mañana, preparaba mi barco para el combate que se avecinaba.

El balandro aprovechó un viento favorable mientras recorría treinta millas más en su rumbo, lo que la condujo a la bahía Fortescue y de inmediato la situó entre las hogueras de señales de los nativos, que ahora ardián por todas partes. Nubes procedentes del oeste sobrevolaron la montaña durante todo el día; por la noche mi buen viento del este falló y, en su lugar, pronto se desató un vendaval del oeste. Logré fondear a las doce de esa noche, al amparo de una pequeña isla, y luego me preparé una taza de café, que tanta falta me hacía; pues, a decir verdad, el duro batallar entre las fuertes rachas de viento y en contra de la corriente había mermado mis fuerzas.

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