El capitán del puerto de Sandy Point me advirtió en particular sobre este peligro. Poco antes habían incendiado un cañonero chileno arrojando tizones por las ventanillas de popa de la cabina. El Spray no tenía aberturas en la cabina ni en la cubierta, excepto dos escotillas, y estas estaban protegidas por cierres que no se podían abrir sin despertarme si estuviera dormido.
En la mañana del 9, después de un descanso reparador y un desayuno caliente, y tras haber barrido las tachuelas de la cubierta, saqué la lona de repuesto que había a bordo y comencé a coser las piezas para darles forma de pico para mi vela mayor cuadra, el viejo toldo. El día, según todas las apariencias, prometía buen tiempo y vientos flojos, pero en Tierra del Fuego las apariencias no siempre cuentan. Mientras me preguntaba por qué no crecían árboles en la pendiente frente al fondeadero, con la tentación de dejar la costura de la vela y desembarcar con mi escopeta en busca de caza y para inspeccionar un pedrusco blanco en la playa, cerca del arroyo, un williwaw bajó con una fuerza tan terrible que arrastró al Spray, con dos anclas echadas, como a una pluma fuera de la cala y hacia aguas profundas. ¡Con razón no crecían árboles en la ladera de aquel cerro! ¡Gran Bóreas! Un árbol necesitaría estar hecho enteramente de raíces para resistir contra un viento tan furioso.
Desde la cala hasta la tierra más próxima a sotavento había una gran deriva, sin embargo, y tuve tiempo de sobra para levar ambas ancoras antes de que el balandro se acercara a ningún peligro, de modo que no se siguió ningún daño de aquello. No volví a ver salvajes ni ese día ni al siguiente; probablemente tenían alguna señal por la que conocían la llegada de los williwaws; al menos, fueron prudentes al no navegar ni siquiera el segundo día, pues no bien hube vuelto a trabajar en la velería, una vez echada el ancla, cuando el viento, tal como el día anterior, levantó el balandro y lo arrojó mar adentro con furia, ancla y todo, como antes. Este