fosforescente en todo su esplendor nocturno. El mar, allí donde la balandra lo perturbaba, parecía estar todo en llamas, de modo que a su luz podía ver los artículos más pequeños en cubierta, y su estela era un sendero de fuego.
El 25 de junio el balandro ya había dejado atrás todos los bajíos y peligros, y navegaba sobre un mar en calma con la misma estabilidad que antes, pero con velocidad algo menor.
Saqué el foque volador hecho en Juan Fernández y lo izé a modo de espináquer con el bambú más resistente que la señora Stevenson me había regalado en Samoa. El espináquer tiraba con fuerza y, aguantando bien el bambú, el Spray mejoró su marcha.
Varios palomas que volaban hoy desde Australia hacia las islas desviaron su rumbo sobre el Spray.
Se vieron aves más pequeñas volando en dirección contraria.
En la parte del Arafura a la que llegué primero, donde las aguas eran poco profundas, las serpientes marinas se retorcían en la superficie y daban vueltas y más vueltas entre las olas.
A medida que el balandro navegaba más lejos, donde el mar se hacía profundo, desaparecieron. En el océano, donde el agua es azul, no se volvió a ver ni una sola.
En los días de clima sereno no había mucho que hacer más que leer y descansar en el Spray, para compensar en lo posible el tiempo difícil frente al cabo de Hornos, que aún no se había olvidado, y adelantarse al cabo de Buena Esperanza con una reserva de tranquilidad. Mi diario de a bordo era ahora muy parecido de un día para otro; algo así como este del 26 y 27 de junio, por ejemplo:
26 de junio, por la mañana, un poco borrascoso; más tarde, en el día, sopla una brisa