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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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VI. Departure from Rio de Janeiro

pues dio una vuelta completa y me dejó como antes, aferrado a la borda, mientras mi cuerpo seguía en el agua. Tras concederme un momento de serena reflexión, descubrí que, aunque el viento soplaba moderadamente hacia la costa, la corriente me arrastraba mar adentro, y que había que hacer algo. Tres veces había estado bajo el agua al intentar enderezar la chalupa, y ya estaba rezando el «Señor mío Jesucristo», cuando me invadió la determinación de intentarlo una vez más, para que ninguno de los profetas de la desgracia que había dejado atrás pudiera decir: «Ya te lo advertí». Cualquiera que hubiera sido el peligro, mucho o poco, puedo decir con sinceridad que aquel momento fue el más sereno de mi vida.

Después de enderezar el bote por cuarta vez, al fin logré, con sumo cuidado, mantenerlo derecho mientras me trepaba a él y, con uno de los remos que había recuperado, remé hasta la orilla, algo maltrecho y bastante lleno de agua salada.

La posición de mi embarcación, ahora en seco y sobre la arena, me causaba preocupación. Volver a ponerla a flote era lo único en lo que pensaba o por lo que me importaba.

Tuve poca dificultad para sacar la segunda parte de mi estacha y asegurarla a la primera, que había tenido la precaución de boyar antes de meterla en el bote. Llevar el extremo de vuelta al balandro fue un asunto menor aún, y creo que me reí por lo bajo de mis penas cuando descubrí que, en medio de tanta improvisación, mi juicio o mi buen ángel me habían respaldado fielmente.

La estacha llegaba desde el ancla en aguas profundas hasta el molinete del balandro con el largo justo para asegurar una vuelta y nada más. El ancla había sido fondeada a la distancia correcta de la embarcación. Tensar todo ahora y esperar a que llegara la marea fue lo único que pude hacer.

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