Un año después, según se cuenta, Vasco da Gama navegó con éxito alrededor del «Cabo de las Tormentas», como se llamaba entonces al cabo de Buena Esperanza, y descubrió Natal el día de Navidad o Natal; de ahí el nombre. Desde este punto el camino a la India fue fácil.
Los vendavales que azotaban el cabo, incluso entonces, eran lo bastante frecuentes; se registraba uno, como promedio, cada treinta y seis horas; pero un vendaval era muy parecido a otro, sin más consecuencia grave que la de impulsar al Spray en su rumbo cuando soplaba a favor, o retrasarlo un tanto cuando era en contra.
En Navidad de 1897 llegué a la altura del cabo. Ese día el Spray intentaba ponerse de cabeza, y me dio motivos de sobra para creer que lograría tal hazaña antes de que cayera la noche. Comenzó muy temprano por la mañana a cabecear y dar sacudidas de un modo de lo más inusual, y debo consignar que, mientras me encontraba en el extremo del bauprés tomando rizos en el foque, me sumergió bajo el agua tres veces como aguinaldo de Navidad.
Me mojé y no me hizo gracia en absoluto: en ningún otro mar me habían sumergido más de una vez en el mismo corto espacio de tiempo, digamos tres minutos.
Un gran vapor inglés que pasaba izó la señal: «Le deseo una Feliz Navidad». Creo que el capitán tenía sentido del humor; su propio barco sacaba la hélice fuera del agua.
Dos días más tarde, el Spray, habiendo recuperado la distancia perdida en el vendaval, pasó el cabo de las Agujas en compañía del vapor Scotsman, que ahora llevaba viento favorable. El torrero del faro de las Agujas intercambió señales con el Spray a su paso y, más tarde, me escribió a Nueva York para felicitarme por la culminación del viaje. Parecía considerar que el episodio de dos barcos de tipos tan dispares pasando juntos por su cabo era digno de ser plasmado en un lienzo, y se puso