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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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XI. Los isleños de Juan Fernández, obsequiados con rosquillas yanqui

llevé dinero de todas las denominaciones de la isla, y casi todo el que había, hasta donde pude averiguar.

Juan Fernandez, como lugar de escala, es un sitio encantador.

Las colinas están bien arboladas, los valles son fértiles, y a través de muchos barrancos fluyen arroyos de agua pura.

No hay serpientes en la isla, ni fieras salvajes aparte de cerdos y cabras, de los cuales vi un buen número, con posiblemente uno que otro perro.

La gente vivía sin consumir ron ni cerveza de ninguna especie. No había entre ellos ni un solo policía ni un abogado.

La economía doméstica de la isla era la simplicidad misma. Las modas de París no afectaban a los habitantes; cada uno se vestía según su propio gusto. Aunque no había médico, toda la gente era sana y todos los niños eran hermosos.

Había unas cuarenta y cinco almas en la isla en total. Los adultos procedían principalmente del continente sudamericano. Cierta dama de allí, oriunda de Chile, que le hizo un foque al Spray, cobrando en sebo, sería considerada una belle en Newport.

¡Bendita isla de Juan Fernandez! Por qué Alexander Selkirk llegó a abandonarte era algo que yo no lograba comprender.

Un gran buque que había llegado algún tiempo antes, en llamas, había encallado en el fondo de la bahía, y como el mar lo hizo añicos contra las rocas, después de que el fuego se hubo ahogado, los isleños recogieron los maderos y los utilizaron en la construcción de casas, las cuales, como era natural, presentaban un aspecto naviero. La casa del rey de Juan Fernández, llamado Manuel Carroza, además de parecerse al arca, llevaba un llamador de bronce pulido en su única

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