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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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XII. Setenta y dos días sin puerto

Pensé que sería una presunción hacerlo; me bastaba con entrar en el «hall» en cuyo suelo el «Escritor de Cuentos», según la costumbre samoana, solía sentarse.

Al venir un día por la calle principal de Apia, con mis anfitriones, todos con destino a la Spray, la señora Stevenson a caballo, yo caminando a su lado, y el señor y la señora Osbourne muy cerca de nosotros en bicicletas, en una curva repentina del camino nos vimos mezclados con una notable procesión nativa, con una banda de música algo primitiva, delante de nosotros, mientras que detrás había un festival o un funeral, no sabíamos cuál. Varios de los hombres más fornidos llevaban fardos y atados en palos. Algunos eran evidentemente fardos de tela de tapa. La carga de un grupo de palos, más pesada que el resto, sin embargo, no se adivinaba tan fácilmente. Mi curiosidad se aguzó por saber si era un cerdo asado o algo de naturaleza truculenta, y pregunté al respecto. —No sé —dijo la señora Stevenson— si esto es una boda o un funeral. Sea lo que sea, capitán, nuestro lugar parece estar a la cabeza.

Estando el Spray en la corriente, subimos a bordo desde la playa situada enfrente, en la pequeña chalupa de Gloucester rebajada, que había sido pintada de un elegante verde.

Nuestro peso combinado la cargó hasta la borda de agua, y me vi obligado a timonear con sumo cuidado para evitar anegarla.

La aventura complació muchísimo a la señora Stevenson, y mientras remábamos tarareaba: «Se fueron al mar en un bote verde verdoso». Podía comprender que dijera de su esposo y de ella: «Nuestros gustos eran similares».

A medida que navegaba más lejos del centro de la civilización, oí cada vez menos acerca de lo que era rentable y lo que no. La señora Stevenson, al hablar de mi viaje, ni una sola vez me preguntó qué sacaría en limpio de él.

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