Rondeando el «Cabo de las Tormentas» en los viejos tiempos—Una Navidad borrascosa—El Spray amarra para un descanso de tres meses en Ciudad del Cabo—Un viaje en tren al Transvaal—La extraña definición del presidente Krüger sobre el viaje del Spray—Sus dichos lacónicos—Ilustres invitados en el Spray—Fibra de coco como candado—Cortesías del almirante de la armada de la Reina—Rumbo a Santa Elena—Tierra a la vista.
El cabo de Buena Esperanza era ahora el punto más destacado que doblar. Desde la bahía de la Mesa podía contar con la ayuda de vientos alisios frescos, y entonces el Spray estaría pronto en casa. En el primer día de navegación desde Durban quedó una calma chicha, y me quedé pensando en estas cosas y en el final del viaje. La distancia hasta la bahía de la Mesa, donde tenía la intención de hacer escala, era de unas ochocientas millas a través de lo que podría resultar ser un mar embravecido. Los primeros navegantes portugueses, dotados de paciencia, tardaron más de sesenta y nueve años en esforzarse por doblar este cabo antes de llegar hasta la bahía de Algoa, y allí la tripulación se amotinó. Desembarcaron en una pequeña isla, llamada hoy Santa Cruz, donde erigieron devotamente la cruz y juraron que le cortarían el cuello al capitán si intentaba navegar más lejos. Más allá de esto creían que estaba el borde del mundo, el cual también creían que era plano; y temiendo que su barco cayera por el abismo, obligaron al capitán Díaz, su comandante, a desandar el camino, estando todos más que felices de regresar a casa.