del polo; es decir, rotaba de este-sudeste a sudeste-sur, mientras que al mismo tiempo una fuerte mar de fondo surgía desde el sudoeste. Todo esto indicaba que se estaban produciendo temporales en los contraalisios. Luego, a medida que aminoraba, el viento rolaba día tras día hasta situarse de nuevo en el punto normal, el este-sudeste. Este es, más o menos, el estado constante de los alisios de invierno en la latitud 12° S, donde «navegué a lo largo del meridiano» durante semanas. El sol, como todos sabemos, es el creador de los vientos alisios y del sistema de vientos de toda la tierra. Pero la meteorología oceánica es, a mi parecer, la más fascinante de todas. Desde Juan Fernández hasta las Marquesas experimenté seis cambios de estas grandes palpitaciones de los vientos marinos y del mar mismo, efecto de temporales lejanos. Conocer las leyes que gobiernan los vientos, y saber que uno las conoce, le dará tranquilidad mental en su viaje alrededor del mundo; de lo contrario, uno puede temblar ante la aparición de cada nube. Lo que es cierto respecto a esto en los alisios, lo es mucho más en los vientos variables, donde los cambios se inclinan más hacia los extremos.
Cruzar el Océano Pacífico, aun en las circunstancias más favorables, lo acerca a uno a la naturaleza durante muchos días, y uno toma conciencia de la inmensidad del mar. Lenta pero indefectiblemente, la marca del rumbo de mi pequeño barco en la carta de navegación se extendía por el océano y lo atravesaba, mientras que a su máxima velocidad marcaba aún lentamente con su quilla el mar que la llevaba. En el día cuarenta y tres desde tierra —un tiempo largo para estar solo en el mar—, estando el cielo bellamente despejado y encontrándose la luna «en distancia» con el sol, alcé mi sextante para tomar observaciones. Descubrí por el resultado de tres observaciones, tras una larga lucha con las tablas lunares, que su longitud por observación coincidía dentro de las cinco millas con la calculada por estima.