En la mañana del 6 de septiembre encontré tres peces voladores en cubierta, y un cuarto abajo, junto a la escotilla de proa, lo más cerca posible de la sartén. Fue la mejor pesca hasta el momento, y me proporcionó un desayuno y una cena suntuosos.
El Spray se había adaptado ya a los vientos alisios y a los menesteres de su viaje.
Más tarde ese mismo día se divisó otra gabarra, que bordeaba tan mal como su antecesora. No le alcé ninguna bandera a esta, pero llevé la peor parte por pasar bajo su sotavento. ¡Era, en verdad, una mole pesada! ¡Y el pobre ganado, cómo mugía!
Hubo un tiempo en que los barcos que se cruzaban en mar abierto arriaban sus gavias y se detenían a charlar, y al separarse disparaban salvas; pero aquellos viejos y buenos días se han ido. Hoy en día apenas hay tiempo para hablar ni siquiera en la inmensidad del océano, donde las noticias son noticias, y en cuanto a un saludo con cañones, ya no se puede costear la pólvora.
Ya no quedan cargueros ensalzados por la poesía en el mar; es una vida prosaica cuando no tenemos tiempo para darnos los buenos días.
Mi barco, navegado ahora a todo trapo con los vientos alisios, me dejaba días enteros para el descanso y la recuperación. Empleaba el tiempo en leer y escribir, o en cualquier tarea que encontrara en la aparadura y las velas para mantenerlo todo en orden. La cocina se hacía siempre con rapidez y era asunto menor, pues el menú consistía principalmente en peces voladores, panecillos calientes con mantequilla, patatas, café y crema, platos que se preparaban con facilidad.
El 10 de septiembre, el Spray pasó muy cerca de la isla de Santo Antón, la más noroccidental de cabo Verde.