atendiendo a los visitantes, mientras los otros, un hermano y una hermana, vendían curiosidades marinas de las que llevaba el cargamento, «por cuenta del barco». Eran una tripulación avispada y alegre, y la gente venía desde muy lejos para oírles contar la historia del viaje y de los monstruos de las profundidades «que el capitán había matado». Me bastaba con mantenerme al margen para ser un héroe de primera categoría; y me convenía muy bien hacerlo y vivir retirado en los bosques y entre los arroyos.
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XIII. De Samoa a Australia
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