Los isleños son siempre las personas más amables del mundo, y no conocí en ninguna parte a nadie más bondadoso que a los buenos corazones de este lugar. La gente de las Azores no es una comunidad muy rica. La carga de los impuestos es pesada, con escasos privilegios a cambio, siendo el aire que respiran casi lo único que no está gravado. La metrópoli ni siquiera les permite un puerto de entrada para el servicio de correo extranjero. Un vapor que pase muy cerca con correspondencia para Horta debe entregarla primero en Lisboa, supuestamente para ser fumada, pero en realidad por el arancel del vapor. Mis propias cartas echadas al correo en Horta llegaron a Estados Unidos seis días después de mi carta desde Gibraltar, enviada trece días más tarde.
El día después de mi llegada a Horta fue la festividad de un gran santo. Barcos cargados de gente llegaron de otras islas para celebrar en Horta, la capital, o Jerusalén, de las Azores. La cubierta del Spray estuvo abarrotada de sol a sol por hombres, mujeres y niños. El día después de la fiesta, un nativo de buen corazón enganchó un carruaje y me condujo durante un día por los hermosos caminos de todo Fayal, «porque —dijo en un inglés entrecortado—, cuando yo estuve en América y no podía hablar una palabra de inglés, me resultó difícil hasta que conocí a alguien que parecía tener tiempo para escuchar mi historia, y entonces le prometí a mi santo protector que si alguna vez un extranjero venía a mi país, intentaría hacerlo feliz». Desafortunadamente, este caballero trajo consigo a un intérprete para que yo pudiera «conocer más sobre el país». El tipo casi me mata, hablando de barcos y travesías, y de las embarcaciones que había timoneado, lo último en el mundo que deseaba escuchar. Había zarpado de New Bedford, según dijo, por «ese tal Joe Wing a quien llaman “John”». Mi amigo y anfitrión apenas encontró la oportunidad de meter baza.