manos de las que las colocaron allí las había conocido yo, muchas manos hoy inertes. El aire de depresión flotaba en el lugar, y me apresuré a regresar al balandro para sumirme de nuevo en el olvido del viaje.
Temprano a la mañana siguiente salí de la bahía Borgia y, frente al cabo Quod, donde el viento amainó, amarré el balandro con algas a veinte brazas de profundidad y lo mantuve allí unas pocas horas contra una corriente de tres nudos.
Aquella noche eché ancla en la caleta Langara, unas pocas millas más adelante, donde al día siguiente descubrí restos y mercancías arrojados por el mar.
Trabajé todo el día entonces, rescatando y transportando en bote un cargamento hacia el balandro. El grueso de la mercancía era sebo en barricas y en trozos de los cuales las barricas se habían deshecho; y, empotrado entre las algas, había un barril de vino, que también remolqué hasta el costado.
Lo izé todo a bordo con las drizas de cruz, que llevé hasta el molinete. El peso de algunas de las barricas superaba ligeramente las ochocientas libras.