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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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Capítulo X

Obtuve algunos cabos y otros pequeños suministros de estas naves, y los oficiales de cada una de ellas reunieron un lote de franelas abrigadas, que era lo que más necesitaba.

Con estos añadidos a mi equipamiento, y con la embarcación en buenas condiciones, aunque algo cargada de más, estaba bien preparado para otro asalto con el océano Austral, mal llamado Pacífico.

En la primera semana de abril, vientos del sureste —como los que se presentan en el cabo de Hornos en las estaciones de otoño e invierno, trayendo mejor tiempo que el experimentado en el verano— comenzaron a perturbar las nubes altas; un poco más de paciencia, y llegaría el momento de zarpar con viento favorable.

En Puerto Angosto conocí al profesor Dusen, de la expedición científica sueca a América del Sur y las Islas del Pacífico. El profesor estaba acampado junto a un arroyo en el fondo de la bahía, donde había muchas variedades de musgo que le interesaban, y donde el agua era, como decía su cocinero argentino, «muy rico».

El profesor llevaba en su campamento a tres argentinos bien armados para luchar contra los salvajes. Parecieron disgustados cuando cargué agua en un pequeño arroyo cerca del barco, desdeñando su consejo de ir más arriba, hacia el arroyo más grande, donde era «muy rico». Pero todos eran unos muchachos excelentes, aunque era un milagro que no murieran de dolores reumáticos por vivir sobre suelo mojado.

De todos los pequeños incidentes y contratiempos del Spray en Puerto Angosto, de los muchos intentos de hacernos a la mar y de cada regreso en busca de refugio, no es mi propósito hablar. Obstáculos hubo muchos para retenerlo, pero el decimotercer día de abril, por séptima y última vez, levaría anclas de aquel puerto. Las dificultades, sin embargo, se multiplicaron por doquier de un modo tan extraño que, de haberme dejado llevar por temores supersticiosos, no habría insistido en zarpar un día trece, a pesar de que en alta mar soplaba un viento favorable.

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