Corriendo hacia Puerto Angosto en medio de una tormenta de nieve—Una escota defectuosa pone al Spray en peligro—El Spray como blanco de una flecha fueguina—La isla de Alan Erric—Nuevamente en el Pacífico abierto—La travesía hacia la isla de Juan Fernández—Un rey ausente—En el fondeadero de Robinson Crusoe.
Otro vendaval se había desatado entonces, pero el viento aún era favorable, y solo me quedaban veintiséis millas por recorrer hasta Port Angosto, un lugar bastante lúgubre, donde, sin embargo, encontraría un puerto seguro en el que reparar y estibar la carga.
Llevé más vela para alcanzar el puerto antes del anochecer, y el barco volaba literalmente, cubierto por entero de nieve, que caía espesa y rápida, hasta parecer un ave blanca de invierno. Entre las ráfagas de la tormenta vi el cabo de mi puerto y me dirigía hacia él cuando una ráfaga de viento atrapó la vela mayor por la banda de sotavento, la hizo cabezear, y ¡cáspita! ¡cáspita!, cuán cerca estuvo esto de causar un desastre; pues la escota se partió y la botavara se salió de su sitio, y ya estaba cerca la noche.
Trabajé hasta que el sudor brotó a chorros de mi cuerpo para arreglar las cosas y ponerlas en orden de marcha antes del anochecer, y, sobre todo, para lograrlo antes de que el balandro fuera arrastrado a sotavento del puerto de refugio. Aun así, no logré encajar la botavara en su soporte. Estaba ya en la entrada del puerto antes de poder terminarlo, y era hora de ponerla a la capa o perder el puerto; pero en esas condiciones, como un ave con el ala rota, alcancé el refugio.
El accidente que puso en tanto peligro a mi embarcación y a mi carga provino de una escota defectuosa, hecha de henequén, una fibra traicionera que ha provocado un montón de improperios entre los marineros.