Visité la bahía de Robinson Crusoe en bote y, con cierta dificultad, desembarqué a través del oleaje cerca de la cueva, a la cual entré.
La encontré seca y habitable. Está situada en un hermoso rincón resguardado por altas montañas de todas las fuertes tormentas que azotan la isla, que no son muchas; pues se halla cerca de los límites de la región de los valles alisios, estando a los 35½° de latitud.
La isla tiene unas catorce millas de longitud, de este a oeste, y ocho millas de ancho; su altura supera los tres mil pies. Su distancia desde Chile, país al que pertenece, es de unas trescientas cuarenta millas.
Juan Fernández fue en su día una colonia penal. Varias de las cuevas en las que se guardaba a los prisioneros, húmedas e insalubres guaridas, ya no se usan, y no se envían más prisioneros a la isla.
El día más agradable que pasé en la isla, si no el más agradable de todo mi viaje, fue mi último día en tierra —pero de ningún modo por ser el último—, cuando los niños de la pequeña comunidad, todos y cada uno de ellos, salieron conmigo a recoger frutos silvestres para la travesía. Encontramos membrillos, melocotones e higos, y los niños recogieron una cesta de cada uno. Se necesita muy poco para contentar a los niños, y estos pequeños, que en toda su vida no habían oído una sola palabra que no fuera español, hicieron resonar las colinas con su alegría al oír sonidos en inglés. Me preguntaron los nombres de toda clase de cosas de la isla. Llegamos a una higuera silvestre cargada de frutos, a los que les di su nombre en inglés. «¡Figgies, figgies!», gritaban, mientras recolectaban hasta que sus cestas se llenaron. Pero cuando les dije que la cabra que señalaban era solo una goat, estallaron en risas y se revolcaron en la hierba con frenético deleite al pensar que a su isla había llegado un hombre capaz de llamar goat a una cabra.
El primer niño nacido en Juan Fernández, según me contaron, se habíaconvertido en una hermosa mujer y ahora era madre.