El 20 de abril, el Spray estaba listo de nuevo para zarpar. Antes de embarcar, almorcé con el gobernador y su familia en el castillo.
Lady Sterndale había enviado un gran pastel de frutas, temprano por la mañana, desde Plantation House, para que lo llevara en el viaje. Era un pastel descomunal y comí de él con moderación, según creía, pero no se conservó como esperaba.
Me comí el último trozo junto con mi primera taza de café en Antigua, Indias Occidentales, lo cual, después de todo, no dejaba de ser todo un récord. El que mi propia hermana me hizo en la pequeña isla de la bahía de Fundy, al principio del viaje, se conservó más o menos el mismo tiempo, a saber, cuarenta y dos días.
Después de almorzar se preparó una saca de correo real para Ascensión, la siguiente isla en mi ruta. Luego, el señor Poole y su hija hicieron una visita de despedida al Spray, trayéndome una cesta de fruta. Ya entrada la noche levé anclas y puse rumbo al oeste, con la pena de dejar a mis nuevos amigos. Pero vientos frescos volvieron a henchir las velas del balandro, y contemplé la luz del faro de Plantation House, la señal de despedida del gobernador para el Spray, hasta que la isla se desvaneció en la oscuridad de la popa y se fundió con la noche, y hacia la medianoche la propia luz hubo desaparecido bajo el horizonte.
Al llegar la mañana no había tierra a la vista, pero el día transcurrió igual que los anteriores, salvo por un pequeño incidente. El gobernador Sterndale me había dado una bolsa de café en su cáscara, y Clark, el estadounidense, en un mal momento, había subido una cabra a bordo «para topetar el saco y sacar a empujones los granos de café de las vainas». Aseguraba que el animal, además de ser útil, sería tan buen compañero como un perro. Pronto descubrí que mi compañero de travesía, esta especie de perro con cuernos, tenía que estar completamente atado. El error que cometí fue