El gran explorador acababa de llegar de Pretoria y ya había poco menos que desollado al presidente Krüger con su pluma mordaz. Pero eso no importaba, pues todo el mundo le da su merecido al viejo Paul, y nadie en el mundo parece encajar la broma mejor que él, ni siquiera el mismísimo Sultán de Turquía.
El coronel me presentó al explorador, y me puse a navegar ceñido al viento, para ir despacio, pues el señor Stanley había sido también un hombre de mar en su juventud —en el Nianza, creo— y, por supuesto, mi deseo era quedar lo mejor posible ante un hombre de su experiencia. Me examinó detenidamente y dijo: «¡Qué ejemplo de paciencia!». «La paciencia es todo lo que se requiere», me atreví a responder. Luego preguntó si mi embarcación tenía compartimentos estancos. Le expliqué que era totalmente estanca y de un solo compartimento. «¿Y si choca contra una roca?», preguntó. «Los compartimentos no la salvarían si golpeara contra las rocas que hay en su ruta», dije, y añadí: «hay que mantenerla alejada de las rocas».
Después de una pausa considerable, el señor Stanley preguntó: «¿Y si un pez espada perforara su casco con su espada?».
Por supuesto, yo había pensado en eso como uno de los peligros del mar, y también en la posibilidad de ser alcanzado por un rayo. En el caso del pez espada, me aventuré a decir que «lo primero sería asegurar la espada».
El coronel me invitó a cenar con el grupo al día siguiente, para que pudiéramos profundizar en este asunto, y así tuve el placer de conocer al señor Stanley por segunda vez, pero no obtuve más consejos de navegación por parte del famoso explorador.
Suena extraño oír a eruditos y estadistas decir que el mundo es plano; pero es un hecho que tres bóeres respaldados por la opinión del presidente Krüger prepararon una obra para apoyar tal afirmación.