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nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
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II. Failure as a fisherman

la escota mayor —hizo eco el capitán del Bluebird, muy cerca, que era su modo de decir que me marchaba. Quizá no había nada que pagar más allá de cinco centavos de pintura, pero se armó tanto alboroto entre la vieja «cacharra» y el Bluebird, que ahora tomaba parte por mí, que la causa original de todo aquello quedó completamente olvidada. De cualquier modo, no me enviaron ninguna factura.

El tiempo era apacible el día de mi partida de Gloucester.

En la punta que se adelantaba, mientras el Spray salía de la cala, se ofrecía un cuadro animado, pues la fachada de una alta fábrica era un aleteo de pañuelos y gorros. Lindos rostros se asomaban por las ventanas desde lo alto hasta lo bajo del edificio, todos sonriéndome un bon voyage.

Algunos me aclamaban para saber hacia dónde y por qué solo. ¿Por qué? Cuando amagué con acercarme, un centenar de pares de brazos se extendieron y dijeron ven, ¡pero la orilla era peligrosa!

El balandro salió de la bahía contra un viento suave del suroeste y, hacia el mediodía, se abrió paso frente a Eastern Point, recibiendo al mismo tiempo un caluroso saludo, la última de las muchas muestras de gentileza que le brindaron en Gloucester. El viento refrescó mar afuera, y navegando con ligereza y sin sobresaltos, el Spray no tardó en dejar atrás los faros de la isla Thatcher. A partir de allí, fijando el rumbo al este, según la aguja, para pasar al norte del banco Cashes y de las rocas Amen, me senté a pensarlo todo de nuevo, y me pregunté una vez más si de verdad convenía navegar más allá del banco y de las rocas. Yo solo había dicho que daría la vuelta al mundo en el Spray, «salvo los peligros de la mar», pero debía de haberlo dicho con muchísima determinación. La «póliza de fletamento» que había contraído conmigo mismo parecía obligarme, y así continué navegando.

Hacia el anochecer puse la balandra a la capa y, encarnando un anzuelo, sondeé en busca de peces de fondo, a treinta brazas de profundidad, en el

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