borde de Cashes Ledge. Con bastante éxito pesqué hasta oscurecer, subiendo a cubierta tres bacalaos y dos eglefinos, una merluza y, lo mejor de todo, un pequeño fletán, todos bien gordos y vivos. Este, pensé, sería el lugar para hacerme con una buena provisión de comestibles además de los que ya tenía; así que eché un anca de mar que mantendría su proa hacia el barlovento. Como la corriente era suroeste, en contra del viento, estaba muy seguro de que a la mañana siguiente encontraría el Spray todavía en el banco o cerca de él. Luego, «a horcajadas» sobre el cabo y colgando mi gran linterna en la arboladura, me acosté, por primera vez solo en el mar, no para dormir, sino para dormitar y soñar.
Había leído en alguna parte acerca de una goleta de pesca cuyo ancla se había enganchado en una ballena, y que fue remolcada una gran distancia y a gran velocidad. ¡Esto fue exactamente lo que le pasó al Spray en mi sueño! No pude sacudirme esta sensación por completo cuando desperté y descubrí que era el viento soplando y el fuerte oleaje que ahora corría lo que había perturbado mi breve descanso. Un celaje cruzaba rápidamente frente a la luna. Se estaba gestando una tormenta; de hecho, ya era tormentoso. Tomé rizos en las velas, luego recogí mi ancla flotante y, desplegando el lienzo que el balandro podía soportar, puse rumbo hacia el faro de Monhegan, el cual avistó antes del amanecer de la mañana del día 8. Con el viento a favor, entré navegando en el puerto de Round Pond, que es un pequeño puerto al este de Pemaquid. Aquí descansé un día, mientras el viento sacudía los pinos en la orilla. Pero al día siguiente estuvo bastante bueno y me lancé al mar, escribiendo primero mi cuaderno de bitácora desde el cabo Ann, sin omitir un relato completo de mi aventura con la ballena.
El Spray, con rumbo este, se deslizó a lo largo de la costa entre numerosas islas y sobre un mar tranquilo. Al atardecer de ese día, el 10 de mayo, alcanzó