El tiempo, digo, fue bueno durante unos días; pero trajo poco descanso. La preocupación por la seguridad de mi embarcación, y aun por mi propia vida, no disminuyó en absoluto por la ausencia de mal tiempo. En efecto, el peligro era aún mayor, por cuanto los salvajes, en días comparativamente buenos, se aventuraban en sus expediciones merodeadoras, y con tiempo borrascoso desaparecían de la vista, siendo sus desgraciadas canoas frágiles y sin merecer en absoluto el nombre de embarcaciones. Siendo esto así, disfruté ahora de los vendavales como nunca antes, y al Spray nunca le faltaron por mucho tiempo durante sus luchas alrededor del cabo de Hornos.
Llegué a hacerme en cierta medida inmune a aquella vida, y comencé a pensar que un viaje más por el estrecho, si por ventura el balandro volvía a ser desviado por el viento, me convertiría a mí en el agresor y pondría a los fueguinos enteramente a la defensiva.
Este sentimiento se impuso con fuerza en Bahía Agradable, donde eché ancla al despuntar el alba tras pasar el cabo Froward, para descubrir, cuando ya era de día, que dos canoas que había evitado navegando toda la noche entraban ahora sigilosamente en la misma bahía bajo la sombra del alto promontorio. Iban bien tripuladas, y los salvajes estaban bien armados con lanzas y arcos. Ante un disparo de mi rifle por delante de sus proas, ambas se desviaron hacia un pequeño arroyo fuera de alcance.
En peligro ahora de ser flanqueado por los salvajes en la espesura muy cerca del costado, me vi obligado a izar las velas, que apenas había arriado, y cruzar hacia el lado opuesto del estrecho, a una distancia de seis millas. Pero ahora me vi en un aprieto sin salida sobre cómo debía levar anclas, pues debido a un accidente en el molinete justo aquí no podía moverla. Sin embargo, despliegué todo el ajuar de velas y me alejé a toda vela, virando primero corto a mano. El balandro arrancó su ancla, como si