puerto más allá; y por vuestra vida», les urgí, «no volváis a rodear el cabo Hawk, pues al sur de él ya es
Se proponían llegar a Newcastle usando velas de fortuna; pues su vela mayor había quedado reducida a jirones, hasta la mesana había salido volando, y su aparejo ondeaba en cabos sueltos. El Akbar, en una palabra, era un pecio.
—Levanten ancla —grité—, levanten ancla, y déjenme remolcarlos hasta Port Macquarie, a doce millas al norte de aquí.
—¡No —gritó el propietario—; volveremos a Newcastle! Pasamos de largo Newcastle al venir; no vimos la luz, y eso que ni siquiera había niebla.
Esto lo gritó muy fuerte, ostensiblemente para que yo lo oyera, pero creo que más cerca de lo necesario del oído del oficial de navegación. De nuevo intenté persuadirlos para que se dejaran remolcar hacia el puerto de refugio que teníamos tan cerca. A ellos les habría costado solo la molestia de levar anclas y pasarme un cabo; de esto les aseguré, pero rechazaron incluso eso, por pura ignorancia de un curso racional.