cuarentena!», gritó, mucho más fuerte que antes. «Está bien, general —le respondí—; de todos modos quiero hacer cuarentena». «Eso mero, jefe —gritó alguien en la playa—, eso mero; hágale cuarentena», mientras otros le gritaban al ayudante que «hiciera que la basura blanca se largara de allí». En la isla estaban más o menos divididos entre los que estaban a favor y en contra de
El hombre que tanto alboroto había armando con el asunto lo dio por imposible cuando descubrió que yo deseaba ponerme en cuarentena, y mandó a buscar a un mestizo encumbrado, que pronto se acercó al costado, almidonado de cabo a rabo. Se mantenía en el bote tan derecho como una vara de medir —un prodigio de importancia.
«¡Cartas!», grité tan pronto como su cuello de camisa asomó por la borda del balandra; «¿tiene cartas?».
«No, señor», respondió con dignidad muy estirada; «no, señor; las ca'tas no crecen en esta isla».