Levando anclas en Buenos Aires—Un estallido de emoción en la desembocadura del Plata—Sumergidos por una gran ola—Una entrada tormentosa al estrecho—El feliz regalo del capitán Samblich consistente en una bolsa de tachuelas para alfombras—Frente al cabo Froward—Perseguidos por indios de la bahía Fortescue—Un tiro fallido a «Black Pedro»—Aprovisionamiento de madera y agua en la caleta Tres Islas—Vida animal.
El 26 de enero de 1896, el Spray, pertrechado y bien provisto en todos los sentidos, zarpó de Buenos Aires.
Hacía poco viento al partir; la superficie del gran río era como un disco plateado, y me alegré del remolque de un remolcador de puerto para salir de la dársena. Pero poco después se levantó un vendaval que provocó un mar desagradable y, en lugar de ser todo plateado como antes, el río se volvió de puro barro.
El Plata es un lugar traicionero para las tempestades. Quien navegue por allí debe estar siempre alerta ante las turbonadas.
Anclé antes del anochecer al amparo que mejor pude encontrar cerca de la costa, pero me pasé toda la noche zarandeado miserablemente, con el corazón encogido por los mares picados. A la mañana siguiente puse en marcha el balandra y, con las velas rizadas, lo hice descender por el río contra el viento de proa.
Amitad de esa noche, al llegar al lugar donde el práctico Howard se unió a mí para la travesía río arriba, tomé distancia y fijé mi rumbo para librar la punta Indio por un lado y el banco Inglés por el otro.