Una ascendencia de Nueva Escocia con inclinaciones yanquis—Afición juvenil por el mar—Capitán del buque Northern Light—Pérdida del Aquidneck—Regreso a casa desde Brasil en la canoa Liberdade—El regalo de un «barco»—La reconstrucción del Spray—Dilemas sobre las finanzas y el calafateo—La botadura del Spray.
En la bella tierra de Nueva Escocia, provincia marítima, hay una cresta llamada North Mountain, que domina la bahía de Fundy por un lado y el fértil valle de Annapolis por el otro. En la ladera septentrional de la cordillera crece la resistente picea, bien adaptada para la madera de barcos, con la que se han construido muchas naves de todas las clases. Las gentes de esta costa, rudas, robustas y fuertes, están dispuestas a competir en el comercio mundial, y en nada desmerece al capitán marino que el lugar de nacimiento mencionado en su titulación sea Nueva Escocia. Nací en un lugar frío, en el más frío de North Mountain, un frío 20 de febrero, aunque soy ciudadano de los Estados Unidos; un yanqui naturalizado, si es que puede decirse que los escoceses de Nueva Escocia no son yanquis en el sentido más estricto de la palabra. Por ambas partes mi familia era marinera; y si se llegara a encontrar algún Slocum que no fuera marinero, mostrará al menos una inclinación por tallar modelos de barcos y contemplar travesías. Mi padre era el tipo de hombre que, de naufragar en una isla desolada, encontraría el camino a casa si tuviera una navaja y pudiera hallar un árbol. Sabía juzgar bien un barco, pero la vieja granja de arcilla que alguna calamidad convirtió en