Sin embargo, al llegar mi intérprete, me sacó del mal paso, no sin que antes mediara una larga parrafada. El alto del ayudante, traducido libremente, fue: «¡Eh, tú, el del corcel frenético! ¿Acaso ignoras que está prohibido por la ley cabalgar así por la aldea de nuestros padres?». Pedí cuantas disculpas pude y ofrecí desmontar y, al igual que mi criado, llevar a mi jamelgo de la brida. Esto, según me dijo el intérprete, constituiría también una falta grave, por lo que volví a suplicar perdón. Se me citó a comparecer ante un jefe; pero mi intérprete, que tenía tanto de ingenioso como de bribón, explicó que yo mismo era algo así como un jefe y no debía ser retenido, ya que me hallaba en una misión importantísima. Por mi parte, solo pude decir que era un forastero, aunque, a pesar de alegar todo esto, sabía que aún merecía ser asado, ante lo cual el jefe mostró una hermosa dentadura y pareció complacido, pero me permitió seguir adelante.
El jefe de los tongas y su familia en Caini, al devolverme la visita, trajeron regalos de tela de corteza (tapa) y frutas. Taloa, la princesa, trajo una botella de aceite de coco para mi cabello, lo cual otro hombre podría haber considerado tardío.
Era imposible hacer los honores en el Spray a la altura de la forma real en que me había recibido el jefe. Su comida había incluido todo lo que la tierra podía ofrecer: frutas, aves, pescados y carne, habiendo asado un cerdo entero. Yo les ofrecí cerdo en salazón cocido y carne de res salada, de los que iba bien provisto, y por la tarde los llevé a todos a una nueva diversión en el pueblo: un tiovivo de caballitos mecedores, al que llamaban kee-kee, que significa teatro; y con un espíritu de justicia les arrancaron las colas a los caballos, pues los dueños del espectáculo, dos paisanos míos de mano dura, me entristece decirlo, los echaron sin contemplaciones para poner otras nuevas casi a la primera vuelta. No estaba poco orgulloso de mis amigos tonganos; el jefe, el mejor de todos, llevaba