CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Sailing Alone Around the WorldPublic
Página 82 de 252
Table of Contents

VII. Zarpe de Buenos Aires

Vi que, además de cuatro a los remos en la canoa más cercana a mí, había otros en el fondo, y que se relevaban las manos a menudo.

A ochenta yardas hice un disparo por la proa de la canoa más cercana, ante lo cual todas se detuvieron, pero solo por un momento.

Al ver que insistían en acercarse, hice el segundo disparo tan cerca del tipo que quería «pedir cuartel» que cambió de idea con bastante rapidez y bramó de miedo: «Bueno, yo vía isla», y sentándose en su canalete, se frotó la amura de estribor un buen rato.

Estaba pensando en el consejo del buen capitán de puerto cuando apreté el gatillo, y debí de apuntar bastante recto; sin embargo, tanto da errar por poco que por mucho para el señor «Pedro el Negro», pues era él y no otro, cabecilla de varias masacres sangrientas. Ahora se dirigía a la isla, y los demás lo siguieron.

Por su jerga española y por su poblada barba supe que era el villano que he nombrado, un mestizo renegado y el peor asesino de Tierra del Fuego.

Las autoridades llevaban dos años buscándolo.

Los fueguinos no tienen barba.

Y hasta aquí el primer día entre los salvajes. Eché ancla a medianoche en la cala Three Island, a unas veinte millas de la bahía Fortescue. Vi al otro lado del estrecho hogueras de señales y oí ladridos de perros, pero el lugar donde fondeé estaba totalmente desierto de nativos. Siempre he considerado como señal de que, donde encuentro aves posadas o focas en las rocas, no hallaré indios salvajes. Las focas nunca abundan en estas aguas, pero en la cala Three Island vi una sobre las rocas y otros indicios de la ausencia de hombres salvajes.

Al día siguiente el viento soplaba de nuevo con fuerza de vendaval y, aunque el balandro estaba al amparo de la costa, garreó las anclas, de

82