Al día siguiente acompañé a su Excelencia y a su familia en una visita a San Gabriel, situado tierra adentro, entre las colinas.
El buen abad de San Gabriel nos agasajó a todos espléndidamente en el convento, y fuimos sus huéspedes hasta el día siguiente. Al marcharme de su morada, el abad dijo: «Capitán, lo abrazo, y sea cual fuere su religión, mi deseo es que tenga éxito en su viaje y que nuestro Señor Jesucristo esté siempre con usted».
A las palabras de este buen hombre solo pude responder: «Mi querido abad, si todos los religiosos hubieran sido tan tolerantes, habría habido menos derramamiento de sangre en el mundo».
En Rodriguez uno puede encontrar ahora toda comodidad para aprovisionarse de agua pura y saludable en cualquier cantidad, ya que el gobernador Roberts ha construido un depósito en las colinas, por encima de la aldea, y ha instalado tuberías hasta el muelle, donde, en el momento de mi visita, había cinco pies y medio de agua con la marea alta.
En años anteriores se utilizaba agua de pozo, y esto causaba enfermedades en mayor o menor grado.
Se puede conseguir carne de res en cualquier cantidad en la isla, y a un precio moderado. Las patatas dulces eran abundantes y baratas; el saco grande que compré allí por unas cuatro chelines se conservó excepcionalmente bien. Simplemente las guardé en la seca bodega del balandro.
En cuanto a las frutas, las granadas eran las más abundantes; por dos chelines conseguí un saco grande de ellas, tantas como un burro podía cargar desde el huerto, el cual, por cierto, fue plantado por la propia naturaleza.