Al comprobar que el ancla aguantaba, me bebí mi infusión y bauticé el lugar como Isla del Café. Se encuentra al sur de la isla Charles, separada de esta tan solo por un estrecho canal.
Al amanecer del día siguiente, el Spray volvía a estar en marcha, ceñidor duro; pero recaló en una cala de la isla Charles, a dos millas y media de su rumbo.
Aquí permaneció tranquila dos días, con ambas anclas fondeadas en un lecho de algas. De hecho, podría haberse quedado tranquila indefinidamente de no haber amainado el viento; pues durante estos días sopló con tanta fuerza que ninguna embarcación pudo aventurarse por el estrecho, y al encontrarse los nativos ausentes en otros cazaderos, el fondeadero de la isla era seguro.
Pero al final del violento vendaval llegó el buen tiempo; entonces levé anclas y volví a navegar por el estrecho.
Canoas tripuladas por salvajes de Fortescue vinieron entonces en mi persecución. Al debilitarse el viento, me alcanzaron rápidamente hasta ponerse a distancia de voz, momento en el que dejaron de remar, y un salvaje estevado se puso en pie y me gritó: «¡Yammerschooner! ¡yammerschooner!», que es su término para pedir limosna. Yo dije: «¡No!».
Ahora bien, yo no tenía intención de dejar ver que estaba solo, y así y todo entré en el camarote y, pasando por la bodega, salí por la escotilla de proa, cambiándome de ropa mientras avanzaba. Eso hacía dos hombres. Luego, el trozo de bauprés que había serrado en Buenos Aires, y que todavía tenía a bordo, lo coloqué en la proa como vigía, vestido de marinero, atándole un cabo con el que podía hacerlo moverse. Eso hacía tres de nosotros, y no teníamos ganas de «yammerschooner»; pero a pesar de todo los salvajes se acercaban más deprisa que antes.