No entré con el Spray al puerto interior de Port Angosto, sino que me metí en un lecho de algas bajo un empinado acantilado a babor según se entra. Era un rincón sumamente acogedor y, para asegurarme del todo de aguantar allí contra cualquier williwaw, lo fondeé con dos anclas y lo aseguré además con cables a los árboles.
Sin embargo, ningún viento llegaba jamás hasta allí, salvo las ráfagas de rebote procedentes de las montañas del lado opuesto de la dársena. Allí, como en todas partes de aquella región, el paisaje estaba compuesto de montañas. Este era el lugar donde debía remozar el barco y desde el cual zarparía directo, una vez más, hacia el cabo Pilar y el Pacífico.
Permanecí en Puerto Angosto algunos días, muy atareado con los trabajos en el balandro. Estibé el sebo de la cubierta a la bodega, arreglé mi camarote para dejarlo en mejor orden y tomé una buena provisión de leña y agua. También remendé las velas y la jarcia del balandro, y le instalé una mesana, lo que transformó el aparejo en un yawl, aunque seguí llamando al bote balandro de todos modos, ya que la mesana era meramente un asunto temporal.
Jamás olvidé, ni siquiera en el momento de más trabajo allí, tener mi rifle junto a mí listo para usarlo al instante; pues me encontraba necesariamente al alcance de los salvajes, y había visto canoas fueguinas en este lugar cuando anclé en el puerto, más abajo del canal, en el primer viaje a través del estrecho.
Creo que fue el segundo día, mientras me encontraba muy ocupado en cubierta, cuando oí el silbido de algo que surcaba el aire muy cerca de mi oreja y escuché un sonido parecido a un «zip» en el agua, pero no vi nada. Al poco rato, sin embargo, sospeché que se trataba de una flecha de algún tipo, pues justo en ese momento una que pasó no muy lejos de mí se clavó en el palo mayor, donde quedó firme, vibrando por el impacto; un autógrafo fueguino. Había un salvaje cerca, de eso no cabía duda. No