—En cuanto al amarradero, no hay problema si te conviene, y te sacaremos a remolque cuando estés listo para partir. Pero dime, ¿qué reparaciones necesitas? ¡Eh, el Hebe, ¿pueden cederle su maestro velero? El Spray necesita un foque nuevo. ¡Construcción y reparación, ahí! ¿Se encargará del Spray? ¡Vaya, viejo, debes haberla hecho polvo viniendo solo en veintinueve días! ¡Pero aquí te la dejaremos como nueva!
Más tarde ese mismo día llegó el saludo:
«¡Ah del Spray! A la señora Bruce le gustaría subir a bordo y estrechar la mano del Spray. ¿Le viene bien hoy?»
«¡Muchísimo!», grité alegremente.
Al día siguiente, sir F. Carrington, por entonces gobernador de Gibraltar, junto con otros altos oficiales de la guarnición y todos los comandantes de los acorazados, subieron a bordo y firmaron con sus nombres el cuaderno de bitácora del Spray. De nuevo se oyó una voz que llamaba: «¡Spray a la vista!». «¡Hola!». «Recuerdos del comandante Reynolds. Queda invitado a bordo del H.M.S. Collingwood, "en casa" a las 4:30 p.m. No más tarde de las 5:30 p.m.». Ya había insinuado antes la escasez de mi guardarropa y que jamás lograría dar el cambiazo como un currutaco. «¡Se le espera, caballero, con sombrero de copa y frac!». «Entonces no puedo ir». «¡Caramba! Venga con lo que lleva puesto; eso es lo que queremos decir». «¡Entendido, señor!». La