Tras dos años, jirones de ella aún ondeaban al viento, y sus marineros, de muy buena gana, comenzaron de inmediato la invasión del nuevo reino para tomar posesión de él, mujeres y todo. La fuerza de cuarenta mujeres, con un solo hombre para mandarlas, no estuvo a la altura de devolver a empujones a ocho rudos marineros al mar.
Desde este momento, Hare lo pasó muy mal. Él y Ross no se llevaban bien como vecinos. Las islas eran demasiado pequeñas y estaban demasiado cerca para caracteres tan diferentes. Hare tenía «dinero a espuertas» y podría haber vivido bien en Londres; pero había sido gobernador de una colonia salvaje en Borneo y no podía limitarse a la vida mansa que ofrece la prosaica civilización. Y así se aferró al atolón con sus cuarenta mujeres, retrocediendo poco a poco ante Ross y su robusta tripulación, hasta que al fin se encontró a sí mismo y a su harén en la pequeña isla conocida hasta el día de hoy como Isla Prisión, donde, como Barba Azul, confinaba a sus esposas en un castillo. El canal entre las islas era estrecho, el agua no era profunda y los ocho marineros escoceses usaban botas altas. Hare estaba ahora consternado. Intentó llegar a un acuerdo con ron y otros lujos, pero estas cosas solo empeoraron las cosas. El día después de la primera celebración de San Andrés en la isla, Hare, consumido por la rabia y ya sin dirigirse la palabra con el capitán, le redactó una nota a toda prisa que decía: > «Querido Ross: Pensaba que cuando envié ron y cerdo asado a tus marineros, se mantendrían alejados de mi jardín de flores». Como respuesta a lo cual el capitán, ardiendo de indignación, gritó desde el centro de la isla, donde se encontraba: «¡Eh, al habla, ahí en