El balandro había recorrido noventa millas durante la noche en un mar agitado. Me sentí agradecido con el viejo timonel, aunque me extrañó un poco que no hubiera arriado el foque.
El vendaval estaba amainando, y al mediodía brillaba el sol.
Una altura meridiana y la distancia en el correcorrelo, que yo siempre llevaba remolcando, me indicaron que había mantenido un rumbo verdadero durante las veinticuatro horas.
Ahora me sentía mucho mejor, pero estaba muy débil, y no sacué los rizos ese día ni la noche siguiente, aunque el viento disminuyó; sino que saqué mis ropas mojadas a secar al sol cuando brillaba, y recostándome allí mismo, me quedé dormido.
¿Quién iba a visitarme de nuevo sino mi viejo amigo de la noche anterior, esta vez, por supuesto, en un sueño? «Hiciste bien anoche en seguir mi consejo», dijo, «y si quisieras, me gustaría estar contigo a menudo en la travesía, solo por el amor a la aventura». Al terminar lo que tenía que decir, volvió a quitarse la gorra y desapareció tan misteriosamente como había llegado, regresando, supongo, a la fantasma Pinta.
Me desperté muy repuesto, y con la sensación de haber estado en presencia de un amigo y de un marinero de vasta experiencia. Recogí mi ropa, que para entonces ya estaba seca, y luego, por inspiración, arrojé por la borda todas las ciruelas que había en la embarcación.
El 28 de julio estuvo excepcionalmente hermoso. El viento del noroeste soplaba leve y el aire era suave. Repasé mi guardarropa y me puse una camisa blanca ante la cercanía de algún barco de cabotaje con gente distinguida a bordo. También lavé un poco para quitarle la sal a mi ropa. Después de todo aquello sentí hambre, así que encendí fuego y guisé con mucho cuidado un plato de peras, apartándolas con esmero hasta preparar una olla de delicioso café, para ambas cosas podía permitirme azúcar y crema.