El señor Myles, magistrado, capitán de puerto, comisionado de tierras, inspector de oro, etc., presidió el acto y me presentó, por qué razón nunca lo supe, a no ser para abrumarme con un sentimiento de vanidosa ostentación y amargarme la vida, pues bien sabe Dios que en mi primera hora en tierra había conocido a todo el mundo en el pueblo. Ya los conocía a todos por su nombre, y todos me conocían a mí. Con todo, el señor Myles era un buen orador. De hecho, intenté persuadirlo de que continuara y contara la historia mientras yo mostraba las imágenes, pero se negó a hacerlo. Puedo explicar que se trataba de una charla ilustrada con estereoptico. Las vistas eran buenas, pero la linterna, un artefacto de treinta chelines, era pésima y solo tenía una lámpara de aceite dentro.
Zarpé temprano a la mañana siguiente, antes de que salieran los periódicos, por considerar que era lo mejor. Cada uno de ellos publicó, sin embargo, una columna favorable sobre lo que llamaban una conferencia, según supe más tarde, y además tuvieron una buena palabra para el pregonero.
Desde Port Denison el balandro navegó impulsado por el constante viento alisio, y no hizo ninguna parada en absoluto, ni de noche ni de día, hasta llegar a Cooktown, en el río Endeavour, donde arribó el lunes 31 de mayo de 1897, antes de que se desatara una furiosa ráfaga de viento encontrada ese mismo día a cincuenta millas de la costa. En este paralelo de latitud se encuentra la alta cordillera y espina dorsal de los vientos alisios, los cuales, en los alrededores de Cooktown, suelen convertirse a menudo en un fuerte vendaval.
Se me había encomendado navegar la ruta con extremo cuidado y avanzar a tientas por el terreno. El hábil oficial de la marina real que me aconsejó tomar el paso de la Gran Barrera de Arrecifes me escribió que el H.M.S. Orlando navegaba a vapor a través de él tanto de noche como de día, pero que yo, a vela, pondría en peligro mi embarcación sobre los arrecifes de coral si intentaba hacer lo mismo.