espacios a los lados del camarote, bajo la cubierta, dispuse una litera para dormir y estanterías para pequeños bártulos, sin olvidar un lugar para el botiquín. En la bodega de media eslora, es decir, el espacio entre el camarote y la cocina, bajo la cubierta, había espacio para provisiones de agua, carne salada, etc., más que suficiente para muchos meses.
El casco de mi embarcación estando ya armado con toda la solidez que la madera y el hierro podían conferirle, y los distintos compartimentos tabicados, me dispuse a «calafatear el barco».
Algunos albergaron el grave temor de que en este punto fracasaría. Yo mismo medité sobre la conveniencia de recurrir a un «calafateador profesional». El primer golpe que le di al algodón con el formón de calafateo, que a mi juicio era el correcto, a muchos otros les pareció erróneo.
- «¡Se aflojará!», gritó un hombre de Marion, que pasaba con una cesta de almejas a la espalda.
- «¡Se aflojará!», gritó otro de West Island, cuando me vio introducir a golpes el algodón en las juntas.
Bruno simplemente meneó la cola. Incluso el señor Ben J⸺, una conocida autoridad en balleneros cuya mente, sin embargo, se decía que tambaleaba, preguntó con bastante seguridad si no creía que «se aflojaría».
«¿A qué velocidad se aflojará?», exclamó mi viejo amigo capitán, que había sido remolcado por más de un animado cachalote. «Dinos a qué velocidad», exclamó, «para que podamos llegar a puerto a tiempo».
Sin embargo, metí a golpes un hilo de estopa encima del algodón, tal como había tenido la intención de hacer desde el principio. Y Bruno