temprano por la mañana por Twofold Bay y más tarde por el cabo Bundooro, con mar llana y la tierra muy cerca. El faro del cabo saludó con una bandera a la bandera del Spray, y los niños en los balcones de una cabaña cerca de la orilla agitaron pañuelos a su paso. Había solo unas pocas personas en total en la orilla, pero la escena era alegre. Vi guirnaldas de hoja perenne como señal de Navidad, muy cerca de allí. Saludé a los juerguistas deseándoles una «Feliz Navidad» y pude oírles decir: «Te deseamos lo mismo».
Desde el cabo Bundooro pasé junto a la isla Cliff, en el estrecho de Bass, e intercambié señales con los fareros mientras el Spray avanzaba bordeando la isla. El viento aullaba ese día mientras el mar rompía sobre su hogar rocoso.
Pocos días después, el 17 de diciembre, el Spray se acercó a sotavento del cabo Wilson (Wilson’s Promontory), buscando refugio de nuevo. El torrero de ese apostadero, el señor J. Clark, subió a bordo y me dio indicaciones para llegar a la bahía de Waterloo, a unas tres millas a sotavento, hacia donde puse rumbo de inmediato, encontrando allí un buen fondeadero en una cala de arena protegida de todos los vientos del oeste y del norte.
Anclados aquí se encontraban el ketch Secret, un pesquero y el Mary de Sídney, un transbordador de vapor adaptado para la caza de ballenas. El capitán del Mary era un genio, y además un genio australiano, y listo. Su tripulación, procedentecde un aserradero de la costa, no había visto ni a uno solo de estos animales con vida cuando se embarcaron; pero eran hombres de mar muy del agrado de un australiano, y el capitán les había dicho que matar una ballena no era más que matar un conejo. Ellos le creyeron, y con eso bastó. Da la casualidad de que la primera que vieron en su travesía, aunque era una jorobada temible, no tardó en ser una ballena muerta, ya que el capitán Young, patrón del Mary, mató al monstruo con