palo seco. Ningún barco en el mundo habría podido resistir un vendaval tan violento. Sabiendo que esta tormenta podría continuar durante muchos días, y que sería imposible remontar hacia el oeste por la costa fuera de Tierra del Fuego, no parecía haber otra opción que seguir adelante y dar la vuelta al este, después de todo. De cualquier modo, para mi seguridad actual, el único rumbo consistía en mantenerlo popa al viento.
Y así navegó hacia el sureste, como si estuviera a punto de doblar el cabo de Hornos, mientras las olas subían y bajaban y bramaban su interminable historia del mar; pero la Mano que sostenía estas sostenía también al Spray. Navegaba ahora con un trinquete rizado, con las escotas planas en el centro. Largué dos largos cabos para estabilizar su rumbo y romper las olas rompientes por la popa, y trincé la rueda del timón en crujía. En este aparejo corría ante el temporal, sin embarcar ni un solo mar. Aun cuando la tormenta arreciaba con furia, mi barco era noble y seguro. Mi tranquilidad respecto a sus cualidades marineras quedó asegurada para siempre.
Cuando hube hecho todo lo que estaba en mis manos por la seguridad de la embarcación, llegué a la escotilla de proa, entre golpe y golpe de mar, preparé una olla de café sobre una fogata de leña y guisé un buen estofado a la irlandesa. Luego, como antes y después en el Spray, insistí en las comidas calientes. En los rápidos de marea frente al cabo Pillar, sin embargo, donde el mar era maravillosamente alto, desigual y traicionero, mi apetito fue escaso y por un tiempo pospuse la cocina. (Confidencialmente, ¡estaba mareado!).
El primer día del temporal sometió a la Spray a su verdadera prueba en el peor mar que el cabo de Hornos o sus regiones salvajes podían ofrecer, y en ninguna parte del mundo se podía encontrar un mar más agitado que en este punto en particular, a saber, frente al cabo Pilar, el sombrío centinela del Hornos.