lobos de mar componían la tripulación. Ninguno de ellos sabía más sobre el mar o sobre una embarcación de lo que un recién nacido sabe sobre otro mundo. Se dirigían a Nueva Guinea, o eso decían; tal vez fue bueno que tres novatos tan tiernos como aquellos nunca llegaran a ese destino.
El dueño, a quien había conocido antes de que zarpara, quería competir contra la pobre y vieja Spray hasta la isla del Jueves en el trayecto. Rechacé el reto, como era natural, basándome en la injusticia que suponía enfrentar a tres jóvenes regatistas en un yate rápido contra un viejo marinero completamente solo en una embarcación de construcción tosca; además de eso, no habría participado en una regata en el mar del Coral por nada del mundo.
—¡Ah del Spray! —gritaron todos a coro—. ¿Qué tiempo va a hacer? ¿Va a soplar fuerte? ¿Y no crees que haríamos mejor en volver p-p-para reparar?
Pensé: «Si alguna vez logras volver, no lo repares», pero dije: > «Dame la punta de un cabo y te remolcaré hasta aquel