El almirante, que entonces mandaba el Escuadrón de Sudáfrica y ahora está al mando de la gran flota del Canal, mostró el mayor interés por el diminuto Spray y su comportamiento frente al cabo de Hornos, donde él no era un completo desconocido. Tengo que admitir que me encantó el rumbo de las preguntas del almirante Rawson, y que me beneficié de algunas de sus sugerencias, a pesar de la gran diferencia entre nuestros respectivos mandos.
El 26 de marzo de 1898, el Spray zarpó de Sudáfrica, la tierra de las grandes distancias y el aire puro, donde había pasado una temporada grata y provechosa. El remolcador Tigre lo sacó a mar abierto desde su acostumbrado puesto en los muelles Alfred, alejándolo bien de la costa. La suave brisa matinal, que llenaba apenas sus velas cuando el remolcador soltó el cable de remolque, no tardó en apagarse por completo, dejándolo cabalgar sobre un fuerte oleaje, a plena vista de la Montaña de la Mesa y las altas cumbres del Cabo de Buena Esperanza. Durante un rato, el imponente paisaje sirvió para mitigar la monotonía. Uno de los antiguos navegantes (creo que fue Sir Francis Drake), al ver por primera vez este magnífico macizo, cantó: «Es la cosa más bella y el cabo más grandioso que he visto en toda la circunferencia de la tierra».
La vista era sin duda hermosa, pero a uno no le dan muchas ganas de detenerse mucho tiempo a contemplar nada en la calma, y me alegró advertir, por fin, el breve mar agitado, precursor del viento que sopló al segundo día. Las focas que jugaban alrededor del Spray todo el día, antes de que llegara la brisa, miraban con grandes ojos cuando, al atardecer, este ya no reposaba como un ave perezosa de alas plegadas. Se separaron entonces, y el Spray pronto dejó atrás las cumbres más altas de las montañas, y el mundo pasó de ser una mera vista panorámica a la luz de un viaje de regreso a casa.