El viento había amainado entonces y, hacia la noche, los salvajes hicieron su aparición desde la isla, yendo directamente al vapor para «lamentarse». Luego se acercaron al Spray para pedir más, o para robarlo todo, declarando que no habían obtenido nada del vapor.
El Negro Pedro se atracó de nuevo por el costado. Mi propio hermano no podría haberse alegrado más de verme, y me suplicó que le prestara mi rifle para cazarme un guanaco por la mañana.
Le aseguré al tipo que, si me quedaba allí otro día, le prestaría el arma, pero no tenía la menor intención de quedarme. Le di una cuchilla de tonelero y algunos otros pequeños utensilios que le serían de utilidad para la fabricación de canoas, y le ordené que se fuera.
Bajo el amparo de la oscuridad de aquella noche fui al vapor, que resultó ser el Colombia, al mando del capitán Henderson, procedente de Nueva York y con destino a San Francisco. Llevé todas mis armas conmigo, por si fuera necesario abrirme paso a tiros para regresar. En el primer oficial del Colombia, el señor Hannibal, encontré a un viejo amigo, quien recordó con afecto los días en Manila cuando estuvimos allí juntos, él en el Southern Cross y yo en el Northern Light, ambos barcos tan hermosos como sus nombres.
El Colombia