El lado de barlovento era poco acogedor, pero había un buen puerto a sotavento, y ahora me ceñí bien al viento para dirigirme hacia él. Un práctico salió a mi encuentro para guiarme hasta el puerto interior, al que se llegaba a través de un estrecho canal entre arrecifes de coral.
Era curioso que en todas las islas se insistiera en considerar irreal cierta realidad, mientras que las improbablezas se revestían de hechos irrefutables; y así ocurrió aquí que el buen abad, pocos días antes, les había estado hablando a sus feligreses sobre la llegada del Anticristo, y cuando vieron al Spray entrar veloz en el puerto, todo blanco como una pluma ante un vendaval, varar a toda vela en la playa y con un solo hombre a bordo, exclamaron: «¡Que el Señor nos ampare, es él, y ha venido en un bote!», lo cual, según digo, habría sido la manera más improbable de su llegada.
No obstante, la noticia voló por todo el lugar. El gobernador de la isla, el señor Roberts, bajó inmediatamente a ver de qué se trataba, pues el pequeño pueblo estaba en un gran alboroto.
Una anciana, al enterarse de mi llegada, corrió a su casa y se encerró con llave. Cuando supo que yo venía verdaderamente calle arriba, barricó sus puertas y no salió mientras estuve en la isla, un período de ocho días.
El gobernador Roberts y su familia no compartieron los temores de su gente, sino que subieron a bordo en el muelle, donde estaba amarrado el balandro, y su ejemplo animó a otros a venir también. Los jóvenes hijos del gobernador se hicieron cargo de inmediato del bote auxiliar del Spray, y mi visita le costó a su Excelencia, además de una gran hospitalidad hacia mí, la construcción de una embarcación para ellos igual a la del Spray.
Mi primer día en esta Tierra Prometida fue para mí como un cuento de hadas. Durante muchos días había estudiado las cartas de navegación y contado el tiempo hasta mi llegada a este lugar, como quien cuenta los pasos para entrar en las Islas de los Bienaventurados, considerándolo el