parecían pertenecer a una existencia anterior. Oí todas las voces del pasado riendo, llorando, contando lo que les había oído contar en muchos rincones de la tierra.
La soledad de mi situación se pasaba cuando el vendaval soplaba con fuerza y encontraba mucho trabajo por hacer.
Cuando regresaba el buen tiempo, volvía entonces la sensación de aislamiento, que no lograba sacudirme de encima.
Usaba mi voz a menudo, al principio dando alguna orden sobre los asuntos de un barco, pues me habían dicho que por la falta de uso perdería el habla.
A la altura meridiana del sol llamé en voz alta: «Ocho campanas», según la costumbre en un barco en alta mar. De nuevo desde mi camarote le grité a un hombre imaginario en el timón: «¿Cómo va la proa, eh?» y otra vez: «¿Está en su rumbo?».
Pero al no obtener respuesta, recordé con mayor claridad mi condición. Mi voz sonaba hueca en el aire vacío, y abandoné la práctica.
Sin embargo, no tardó en ocurrírseme que, cuando era un muchacho, solía cantar; ¿por qué no probar ahora, ya que allí no molestaría a nadie? Mi talento musical nunca había despertado envidia en los demás, pero allí en el Atlántico, para entender lo que significaba, tendrían que haberme oído cantar. Tendrían que haber visto a las marsopas saltar cuando afinaba la voz para las olas, el mar y todo lo que en él había. Viejas tortugas, de ojos grandes, asomaban la cabeza fuera del mar cuando yo cantaba «Johnny Boker», «We’ll Pay Darby Doyl for his Boots» y otras por el estilo. Pero las marsopas eran, en conjunto, mucho más agradecidas que las tortugas; saltaba mucho más alto. Un día, mientras tarareaba un cantar