de vez en trajo de vez en cuando a la vía de agua. Llevaba demasiada vela para navegar con seguridad. Tenía que tomar rizos o me quedaría sin mástil y lo perdería todo, hubiera pirata o no. Tenía que tomar rizos, aunque tuviera que luchar con él a muerte.
No tardé mucho en tomar rizos en la mayor y cazarla —probablemente no más de quince minutos—, pero entretanto la falúa había acortado tanto la distancia entre nosotros que ahora podía ver el mechón de pelo en las cabezas de la tripulación —con el cual, según se dice, Mahoma levantará a los villanos hasta el cielo—, y se nos venían encima como el viento. Por lo que ahora alcanzaba a distinguir claramente, me pareció que eran hijos de generaciones de piratas, y por sus movimientos vi que se preparaban para dar un golpe. El júbilo en sus rostros, sin embargo, se transformó en un instante en una expresión de miedo y furia. Su embarcación, con demasiado trapo, se atravesó al viento en la cresta de una gran ola. Este único y gran golpe de mar cambió el cariz de las cosas tan repentinamente como el destello de un disparo.
Tres minutos después, la misma ola alcanzó al Spray y lo sacudió hasta los cimientos. En el mismo instante se rompió la estrobilla de la escota, y allá se fue la botavara mayor, partida de golpe a la altura de la jarcia.
Por impulso salté hacia las drizas y el amantillo del foje, y de inmediato arrié el foje. Al quitar la vela de proa y meter la caña del timón a la vía, la balandra viró al viento de golpe.
Mientras temblaba allí, por más que fuera un solo instante, logré arriar la mayor y asegurarla a bordo, con botavara rota y todo. Cómo hice para meter la botavara antes de que se desgarrara la vela apenas lo sé; pero ni una sola puntada de esta se rompió.
Asegurada la mayor, izué el foque y, sin mirar atrás, di unos pasos rápidos hacia la camarilla, cogí al vuelo mi rifle cargado y los cartuchos que tenía