La montaña de agua sumergió mi embarcación. Esta tembló en cada cuaderna y se tambaleó bajo el peso del mar, pero emergió con rapidez y cabalgó majestuosa sobre las olas que la siguieron.
Puede que pasara un minuto entero sin que, desde mi posición en la jarcia, pudiera ver parte alguna del casco del Spray. Tal vez fuera incluso menos tiempo que eso, pero pareció mucho, pues bajo una gran emoción se vive deprisa, y en pocos segundos uno puede pensar mucho en su vida pasada. No solo desfiló el pasado ante mí con velocidad eléctrica, sino que, aun en mi arriesgada posición, tuve tiempo para tomar resoluciones de futuro que me llevaría mucho tiempo cumplir. La primera, según recuerdo, fue que si el Spray salía vivo de aquel peligro dedicaría mis mejores energías a construir un barco más grande basado en sus líneas, cosa que aún espero hacer. Otras promesas, menos fáciles de cumplir, las habría hecho bajo protesta.
Sin embargo, el incidente, que me llenó de miedo, no fue más que otra prueba de la aptitud marinera del Spray. Me dio seguridad frente al rudo Cabo de Hornos.
Desde el momento en que la gran ola barrió el Spray hasta que este llegó al cabo Vírgenes, no ocurrió nada que acelerara el pulso y pusiera la sangre en movimiento. Por el contrario, el tiempo se volvió apacible, la mar se calmó y la vida transcurrió con tranquilidad. El fenómeno del espejismo ocurrió con frecuencia. * Un albatros posado en el agua se recortó un día como un gran barco; * dos lobos marinos dormidos en la superficie del mar parecían ballenas enormes, y * un banco de neblina por el que habría jurado que se trataba