seguro a menos que se sepa de dónde viene. Quien sabe, pudo haber sido de leche de capra y volverse caprichoso...»
—¡Alto ahí! —grito—. No estoy para sermones.
Me las arreglé para extender un colchón y acostarme en él en lugar del duro suelo, con los ojos fijos todo el tiempo en mi extraño huésped, quien, comentando de nuevo que solo tendría «dolores y calentura», soltó una risita mientras entonaba un canto salvaje:
¡Altas son las olas, fieras, relucientes, Alto es el rugir del temporal! ¡Alta el ave marina chillando, Alto el Azores!
Supongo que ya estaba recuperándome, pues me sentía irascible y me quejé: «¡Detesto tu cantinela. Tu Azores debería estar durmiendo en su percha, y lo estaría si fuera un pájaro respetable!». Le rogué que atara una piola al resto de la canción, si es que quedaba algo más. Todavía sufría un dolor atroz. Grandes mares abordaban al Spray, pero en mi cerebro afiebrado creía que eran botes que caían sobre la cubierta, que unos descuidados carreteros arrojaban desde los carros en el muelle al que imaginaba que el Spray estaba amarrado ahora, y sin defensas para mantenerlo alejado. «¡Destruirán sus botes!», gritaba una y otra vez, mientras los mares estallaban sobre la cabina encima de mi cabeza. «¡Destruirán sus botes, pero no pueden hacerle daño al Spray! ¡Es fuerte!», clamé.
Descubrí, cuando mis dolores y la calentura se hubieron ido, que la cubierta, ahora tan blanca como el diente de un tiburón por los mares que la habían barrido, había quedado limpia de todo objeto movible. Para mi asombro, vi ahora a plena luz del día que el Spray seguía navegando con el rumbo que le había dejado y marchaba como un caballo de carreras. El mismísimo Colón no la habría mantenido con mayor exactitud en su trayectoria.