modo que tuve que hacerme a la vela y bordear más adentro de la cala, donde eché el ancla en una poza protegida por tierra. En otro momento o lugar esto habría sido una imprudencia, y ahora solo era seguro debido a que el vendaval que me había empujado a buscar refugio impediría que los indios cruzasen el estrecho. Visto que así estaban las cosas, bajé a tierra con la escopeta y el hacha a una isla, donde en ningún caso podían pillarme por sorpresa, y allí tumbé árboles y corté unos tres metros cúbicos de leña, con los que cargué mi bote varias veces.
Mientras llevaba la madera, aunque estaba moralmente seguro de que no había salvajes cerca, ni una sola vez fui o vine del bote sin mi escopeta. Mientras tenía eso y un campo despejado de más de ochenta yardas a mi alrededor, me sentía seguro.
Los árboles de la isla, muy dispersos, eran una especie de haya y un cedro enano, los cuales servían bien como combustible. Incluso las ramas verdes del haya, que parecían poseer una cualidad resinosa, ardían fácilmente en mi gran estufa de tambor. He descrito mi método de aprovisionamiento de leña en detalle para que el lector que amablemente me ha soportado hasta aquí vea que en esto, al igual que en todos los demás detalles de mi viaje, tomé grandes precauciones contra todo tipo de sorpresas, ya fuera por parte de los animales o de los elementos. En el estrecho de Magallanes era necesaria la mayor vigilancia. En este caso razonaba que tenía a mi alrededor el mayor peligro de todo el viaje: la traición de salvajes astutos, frente a la cual debía estar particularmente alerta.
The Spray zarpó de Three Island Cove por la mañana, después de que amainara el temporal, pero se vio obligada a regresar en busca de refugio ante otra repentina tormenta.