andanada de preguntas —más de las que seis yanquis podrían hacer—, quiso saber, primero, de dónde era mi barco y cuántos días llevaba navegando. Después preguntó qué hacía yo aquí en tierra tan temprano por la mañana.
—Tus preguntas se responden fácilmente —repliqué—; mi barco es de la luna, le ha tomado un mes llegar y está aquí por un cargamento de muchachos. Pero la insinuación de esta empresa, de no haber estado alerta, me habría costado caro; pues mientras hablaba, este hijo del campo enrollaba su lazo listo para arrojarlo, y en vez de ser él mismo llevado a la luna, al parecer pensaba en llevarme a mí arrastrando a casa por el cuello, a la zaga de su potro bagual, por los campos de Uruguay.
El lugar exacto donde quedé varado era en los Castillo Chicos, a unas siete millas al sur de la línea divisoria de Uruguay y Brasil, y por supuesto los nativos allí hablan español.
Para congraciarme con mi madrugador visitante, le dije que tenía en mi barco bizcochos, y que deseaba cambiarlos por mantequilla y leche. Al oír esto, una amplia sonrisa iluminó su rostro, lo que demostró que estaba sumamente interesado y que incluso en Uruguay el bizcocho de un barco alegrará el corazón de un muchacho y lo convertirá en tu amigo del alma.
El muchacho casi voló a su casa y regresó rápidamente con mantequilla, leche y huevos. Estaba, después de todo, en una tierra de abundancia. Con el chico vinieron otros, jóvenes y mayores, de estancias vecinas, entre ellos un colono alemán, que me fue de gran ayuda en muchos sentidos.
Un guardacostas de Fort Teresa, situado a pocas millas, vino también «para proteger su propiedad de los naturales de las llanuras», dijo. Aproveché la ocasión para decirle, sin embargo, que si cuidaba a la gente de su propio pueblo, yo me encargaría de la de las llanuras, y señalé,